Lo de Afganistán no me parece tan sencillo


El mundo está asombrado frente a las imágenes de la toma de Afganistán por parte del grupo extremista Talibán, y no es para menos, basta con recordar las restricciones ortodoxas impuestas por estos a esa sociedad, y principalmente a las mujeres que de repente se convirtieron en meros objetos sexuales y reproductivos.

Este trascendental hecho político ha tenido una seria repercusión a lo interno de Estados Unidos, porque el ex presidente Donald Trump jugando a la demagogia culpó al presidente Joe Biden, y este a su vez le responsabiliza al igual que a la dirigencia de Kabul.

Ahora nadie desea asumir el caso por el primitivismo con que han actuado quienes hoy tienen el control de esa nación, sin embargo, existe una complicidad recíproca entre Biden y Trump, porque el primero ejecuta la acción, pero la orden fue dispuesta durante la administración del republicano.

Ahora bien, la salida de Estados Unidos y la Otán fue negociada durante años en Qatar por equipos de ambas partes, a tal punto que el jefe de la misión estadounidense anuncio en septiembre que luego de 9 rondas de conversaciones retirarían 5,400 soldados en 20 semanas, como parte de los acuerdos alcanzados con el Talibán.

En el 2018 los insurgentes admitieron que sostendrían conversaciones con funcionarios estadounidenses para establecer una «hoja de ruta hacia la paz», pero se negaron reconocer al gobierno del presidente Ashraf Ghani.

Entre las condiciones de los talibanes para negociar fue la excarcelación de 5.000 de sus combatientes, y la retirada del país de igual suma de militares extranjeros.

El compromiso con esas conversaciones fue tan serio para EE.UU. que 6 insurgentes fueron liberados de prisión; y también gestiona que Pakistán haga lo mismo con otros dirigentes, para que asistieran a la firma el sábado 29 de febrero del pasado año, con la presencia del entonces secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo y fue rubricado por el enviado de paz estadounidense Zalmay Khalilzad y el líder talibán Mullah Abdul Ghani Baradar.

Si EE.UU. estuvo a cargo de esa nación desde el 2001, es fácil inferir que tiene todas las informaciones sobre el equilibrio de poder vigente, y que por vía de consecuencia sabía que tan pronto como ellos sacaran sus tropas, los talibanes ocuparían el poder, como sucedió semanas antes de la partida cuando cercaron a Kunduz, la tercera ciudad en importancia.

La incógnita difícil de asimilar es si los talibanes podrán repetir la osadía del 1996, cuando desmantelaron todo el orden social, cultural, económico y político e impusieron una teocracia ultra radical, que incluso fue la nodriza de las peores facciones terroristas del mundo, incluyendo servir de base a Al Qaeda para que ejecute los ataques a las Torres Gemelas el 11 de Septiembre del 2001.

De ahí que una de las principales condiciones de EE.UU para entregarle el poder, fue que no deben permitir que grupos extremistas como Al Qaeda operen en esa nación.

Se calcula que en esta guerra unos 2,400 soldados estadounidenses han perdido la vida; y que junto a la guerra en Irak, hasta el pasado año había representado unos 2 billones de dólares.

Es decir, para Estados Unidos el fin de la guerra solo representa beneficios, porque tendrá un ahorro significativo en términos económicos; sus soldados dejarán de exponer sus vidas y esa nación del centro del Asia no representará un peligro para su seguridad.

Los talibanes aunque mantienen sus concesiones ultra radicales no podrán venir con “el mismo librito” del pasado, porque aunque Afganistán sigue sumida en la pobreza, tiene una frágil economía que proteger, y no puede exponerse a sanciones internacionales por parte de EE.UU., Unión Europea y otros

Sus principales exportaciones van a Emiratos Árabes Unidos (US$1MM); Pakistán (US$544M); India (US$485M); Estados Unidos (US$35,6M); China (US$29,1M) y otros.

Si los talibanes asumieron las lecciones políticas que representaron los errores del pasado, la salida de EE.UU. de Afganistán mas bien podría representar una oportunidad para impulsar un proceso de desarrollo capitalista parecido a lo sucedido con Vietnam, que de una nación atrapada en la ortodoxia de izquierda, reorientó su visión y hoy es una pujante economía.

Aunque a Estados Unidos después de una devastadora guerra que supuso cerca de 4 millones de muertos entre 1955 y 1975, le costó cerca de 20 años recomponer sus relaciones con Vietnam, hoy con el 18,4% del capital total invertido, ocupa la segunda posición en 26 proyectos de desarrollo.

Cuando el ayatola Ruhollah Jomeiní encabezó la revolución islámica en Irán, el ex presidente Juan Bosch escribió un artículo en la revista Política Teoría y Acción, en el que planteó que en términos reales el Sha de Irán, Mohammad Reza Pahleví era el verdadero revolucionario, porque, aunque a un alto costo en vida, estuvo encaminando a ese país al desarrollo capitalista, pero que el líder religioso lo empujaría a un régimen político que el mundo había superado 5 siglos atrás.

Este es precisamente el desafío que tienen hoy los talibanes, de reorientar a Afganistán hacia un modelo de bienestar económico como el alcanzado por Vietnam después de una guerra fratricida, o retomar el viejo esquema fundamentalista que les hundirá a ellos al desastre total, junto con ese país.


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