Lección para aprender

Tropezar con la misma piedra es una de las tantas fatalidades de la tradición política. Y aquí no somos la excepción porque en la medida que la serenidad en el análisis, el juicio ponderado y la crítica constructiva constituyen la excepción y no la regla, se desdibujan los actores partidarios, emerge la torpeza y el club de áulicos postergan hacer una interpretación correcta de los errores.

Los resultados electorales del pasado 5 de julio deben ser interpretados en la dirección correcta para que las dos caras de la moneda sepan leer con suprema inteligencia el comportamiento y mensaje de una ciudadanía que castigó al PLD, pero envía una clarísima señal respecto de cualquier desbordamiento a la fuerza electoral victoriosa.

La vista corta anda entusiasmada con los espacios de participación en la administración pública y los egos del nuevo funcionariado.

Ahora bien, las matemáticas electorales establecieron nuevas modalidades de participación que demostraron con bastante claridad la noción disidente de los electores hacia la manipulación desde el poder y el afán por encontrar recetas inducidas por la fuerza de recursos gubernamentales.

Atrás quedaron los promotores del alegato de que la inversión mediática transforma el criterio de la gente y la robotización del gusto a las ofertas presidenciales, congresionales y municipales, desdeñan los criterios de calidad, capacidad, talento y vocación de servicio.

Contrario al entusiasmo que provoca el hecho sin precedentes de orquestar una fuerza política y en 6 años ganar el poder, la sociedad será dura con la gestión del cambio porque las herramientas que hicieron atractiva la candidatura presidencial triunfante descansaron en una ruptura con el comportamiento del PLD.

Así, lo que sedujo electoralmente se convierte en un parámetro que, si reproduce los vicios denunciados y combatidos, tendrá la ira combinada de la frustración de los que le favorecieron con su voto y los militantes de la fuerza desplazada.

Por eso, el ataque ético a los desbordamientos de funcionarios emblemáticos en la administración Medina-Sánchez y sus efectos favorables, desde el punto de vista de la lucha política, será la regla por excelencia para descalificar tanto el comportamiento como las actuaciones públicas de quienes  comenzaron este 16 de agosto.

Danilo Medina creció en su partido y en la sociedad porque representó, en su momento, la propuesta diferenciadora respecto de Leonel Fernández. Lo innegable es que la mentira no es sostenible en el tiempo, y por eso, el país comenzó a darse cuenta del “real” y no la imagen estructurada con villanía por el cerebro gris de Joao Santana.

Su discurso de adecentamiento del 2012 se desvaneció frente al carácter insaciable de cercanos colaboradores que, con despachos a pocos metros, se dedicaban al negocio de las importaciones desplazando sus competidores de manera inmisericorde.

La llama de la indignación creció en la población por los identificables lazos en el mundo eléctrico y las licitaciones del sector salud, en el tinglado de proximidades sanguíneas de singular suerte, debido a la enorme capacidad de salir premiados con montos millonarios.

Y la modalidad de enriquecer al coro de “ecos” opinantes, vía el presupuesto nacional, que establecieron una marca sin precedentes en materia de movilidad social capaz de transformar sus defensores radiales, televisivos y de prensa escrita, en arquitectos del nuevo jet set con fascinación por las bebidas exóticas, los carros lujosos, la adicción al juego de golf y las vacaciones en el viejo continente.

La lección debe ser aprendida por el PRM y todas las fuerzas que ayudaron en la victoria. El país cambió y una sociedad en capacidad de ser crítica nunca entrega por muchos años su lealtad electoral a una organización porque, en el sentido de la alternancia, descansa el mecanismo por excelencia para hacer la función pública más eficiente y derribar democráticamente los resabios de los caudillos aplatanados que, desconociendo el sentido de la historia, no asimilan que todo tiene su final.

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